A sus pies, querida Cesaria

Por desgracia, esta tarde el débil y castigado corazón de la gran Cesaria Evora (Cabo Verde, 1941) se apagó como una vela, sumiendo en un estado de tristeza y melancolía, acorde con el estilo de sus canciones, al mundo de la música y de la cultura. En mayo del año 2010 se había sometido a una delicada operación de corazón que fue minando su salud, hasta el punto de anunciar hace tres meses, a los 70 años de edad, que se retiraba de los escenarios.

La cantante caboverdiana fue la protagonista de una vida de cuento: nacida en una familia muy pobre, a los 16 años ya cantaba por los bares de su ciudad, y con el paso del tiempo llego a convertirse en una artista de prestigio. Pero en el año 1975, debido a problemas económicos y personales, dejó de cantar durante casi una década y vivió lo que ella misma denominó un periodo negro, en el que luchó para vencer su dependencia del alcohol.

En el año 1988 retomó su carrera musical, y fue en 1992, con la grabación de su álbum Miss Permufado, cuando consiguió el reconocimiento internacional. Desde esa época tuvo una exitosa carrera, hasta que en el año 2004 fue recompensada con un Grammy al mejor álbum de música contemporánea por Voz de amor.

Consideraba como la reina de la morna (sugerente estilo musical, mezcla de fado portugués, tango argentino,  modinha brasileña y lamento angoleño), también se le conoció como la diva de los pies descalzos, ya que así salía a los escenarios para denunciar la situación de pobreza en la que vivían muchos de sus compatriotas.

Como solía decir en la mayoría de entrevistas “toda mi vida es la música”. Por eso, no hay mejor forma de recordarla que, tomando una copa con dos cubitos, disfrutar de alguna de esas joyitas que nos ha dejado en forma de canciones… A sus pies, querida Cesaria.

Suite francesa, de Irène Némirovsky

Como con los libros soy un buen maniático no soporto un par de detalles, como ver algún hueco vacío en alguna de mis estanterías o, como no, que no me devuelvan alguno cuando rara vez lo presto. Por otra parte, pocas cosas me satisfacen más que revolver y “perder el tiempo” en una buena librería o que me regalen algún ejemplar del que no tenga ninguna referencia.

Hace unos tres años un cambio laboral provocó que me trasladase de localidad; como despedida invité a comer a tres compañeras y mejores amigas (Isa, Ana y Carmen), quienes tuvieron el detalle de regalarme un libro del que no había leído ninguna crítica ni nadie me había hablado sobre él; pero, desde que lo tuve en mis manos, sentí que estaba ante una joyita que me iba a hacer disfrutar con su lectura.

La obra en cuestión se titula Suite francesa, de la escritora rusa Irène Nemirovsky. Ya de entrada, impresiona tanto la biografía de la autora con la historia del descubrimiento del manuscrito. La escritora, nacida en Rusia a principios del
siglo XX, vivió en París, ciudad en la que se refugió con su familia tras la revolución rusa de 1917, y estudió en la Sorbona; tras conseguir licenciarse en Letras comenzó a escribir, convirtiéndose en uno de los referentes de la literatura francesa, hasta que el inicio de la Segunda Guerra Mundial provocó un vuelco en su vida, hasta el punto de ser detenida y enviada al campo de concentración de Auschwitz, donde falleció en el año 1942.

El relato se inicia en los días previos a la invasión de París por parte del ejército alemán, y está escrito mientras están sucediendo los hechos, en un pequeño cuaderno y con una letra minúscula para economizar tinta. La autora tenía previsto desarrollar la trama en cinco partes, de las cuales sólo pudo completar las dos primeras, por lo que estamos ante un libro inacabado, detalle que no le resta ningún valor dada la calidad literaria de la obra.

Antes de su detención, Irène Némirovsky consiguió poner a salvo a sus dos hijas con una tutora, entregándoles una maleta que contenía, entre otras cosas, el manuscrito de este libro. Durante los años siguientes, las niñas sufrieron un sinfín de penurias y calamidades, pero dicho manuscrito siempre les acompañó; pasados muchos años, una de las hijas mecanografió el contenido del cuaderno, y en ese momento se dio cuenta de que estaba ante una obra sobrecogedora, que retrataba de una forma desconsoladora la historia de unos años terribles.

La dureza de esa época se refleja perfectamente en una carta que Némirovsky envió a su agente literario sólo dos días antes de su detención, en la que le decía: “Querido amigo… piense en mí. He escrito mucho. Supongo que serán obras póstumas, pero me ayudan a pasar el tiempo”.

Tras su publicación, en el año 2004 le fue concedido el prestigioso premio Renaudot, otorgado por primera vez a un autor fallecido.

Así es que me atrevo a recomendarles que, como siempre, se sirvan una copa con dos cubitos, y disfruten de este libro, difícil de clasificar, y en el que se entremezclan momentos divertidos, trágicos, humanos, bellos, conmovedores…

Dos grandes “rancheras”

En mi post titulado Mis canciones insufribles (por cierto, hasta ahora el más leído y el que cuenta con más comentarios de mis lectores) demonicé, quizás con una dureza desmedida, a todo un género musical como es el de la rancheras; esto provocó más de una dura crítica contra mí, que intentaré compensar con este nuevo artículo. Entre otros, mi buen amigo Pablo García-Ramos me hizo recapacitar cuando me dijo: “pero qué tienes contras las rancheras, siempre evocadoras de “traisiones y vengansas”, compuestas al calor de un (varios) tequila reposado y con la pasión de los mexicanos que viven como si el mundo se acabara al día siguiente.” Tengo que reconocer que este argumento hizo que me replantease el asuntito en cuestión.

En el fondo sigo pensando lo mismo: las rancheras, en general, me parecen insufribles, y me reafirmo en que cantantes como Rocío Dúrcal o Bertín Osborne no han hecho más que aumentar mi inquina hacia esos soniquetes. Pero sería injusto no reconocer que dentro de ese género hay muchos y grandes artistas, entre los cuales quiero destacar a dos mujeres: Chavela Vargas y Paquita “la del barrio”.

La gran Chavela Vargas, aunque nacida en Costa Rica, es mexicana de adopción y de corazón. Empezó cantando en la calle hasta que se hizo un nombre y consiguió dedicarse profesionalmente al mundo de la canción, llegando a publicar cerca de cien discos. Fumadora, bebedora y de aspecto rudo, gracias a su talento y a mucho trabajo, consiguió ser reconocida internacionalmente dentro de un género que, hasta su aparición, había sido un coto exclusivo para hombres.

Dentro de su vasta producción musical es muy difícil elegir una sola canción. Pero, gracias a que me lo ha recordado mi querida Begoña Gándara, no me resisto a destacar una de sus grandes frases, recogida en el temazo Pa’todo el año, compuesta por su descubridor, José Alfredo Jiménez: “si te cuentan que me vieron muy borracha, orgullosamente diles que es por ti…”

A lo largo de su trayectoria ha conseguido innumerables premios, entre los que se encuentra un Grammy, así como multitud de reconocimientos, muchos de ellos en España.

Quizás menos conocida fuera de su país es Paquita la del barrio, mujer sufridora y luchadora activa contra todo lo que representa la cultura machista, especialmente en México. En todos sus discos hace una defensa a ultranza de los derechos de las mujeres, y así muchos de ellos tienen títulos tan significativos como El club de los inútiles, No me amenaces o Duro y contra ellos.

A sus conciertos acude, mayoritariamente, público femenino, que entra en éxtasis cuando Paquita se arranca con su conocido grito de guerra “¿me estás oyendo… inútil??!!”. Entre las letras de sus canciones sería injusto no destacar la siguiente estrofa, que puede servir perfectamente como resumen de toda su carrera:

Tres veces te engañéé
Tres veces te engañéé
Tres veces te engañééééé

La primera por coraje
La segunda por capricho
Y la tercera por placeeerrr…

Después de este post espero haber saldado la cuenta que tenía pendiente con los amantes de las rancheras y, por supuesto, sigo abierto a más sugerencias por parte de mis lectores.

Amanece, que no es poco

Cartel de la película

Mi primer artículo de este blog dedicado al cine quería que tuviese como protagonista una película española. Después de darle vueltas y de comparar muchos y buenos trabajos realizados por grandes directores españoles, me decidí por Amanece, que no es poco, película dirigida por José Luis Cuerda y estrenada en el año 1988.

Encuadrada en el género de la comedia absurda, la crítica del momento la recibió con calificativos tales como “surrealista y divertidísima”, “obra maestra de la comedia delirante”, “desternillante”… y es que podemos afirmar que es una de las grandes películas del cine español. Una de sus muchas virtudes es que consigue el difícil equilibrio de reírse de todo el mundo, pero sin faltarle al respeto a nadie.

La trama se desarrolla en un pueblo español perdido y del interior, en los años 50, al que llega Teodoro, ingeniero que trabaja enla Universidadde Oklahoma, con su padre, haciendo un viaje en la vespa con sidecar que éste le regaló para compensarle por haber matado a su madre. A partir de esta situación disparatada, vamos conociendo a todas las fuerzas vivas del pueblo, en un desfile de personajes insólitos difícil de superar.

Así conoceremos al cura que oficia la misa en latín, entre las ovaciones y vítores de sus feligreses; al alcalde, a quien los mozos del pueblo le exigen que les dejen catar las excelencias de su querida; y así, sucesivamente, al pregonero, al guardia civil, al maestro… Todos ellos protagonizan escenas tan delirantes como una mujer que da a luz gemelos diez minutos después de realizar el acto carnal; el médico que está muy orgulloso “por el arte tan admirable con el que se le ha muerto un paciente”; la asamblea de mujeres que decide en votación quién será la próxima puta de pueblo; o el maestro que les pone a sus alumnos un examen sobre “las ingles”.

Más que de un guión al uso, la película tiene una línea argumental, en la cual se suceden perfectamente encadenadas las situaciones antes reseñadas, con el punto exacto de ironía y de autocrítica, y en la que van apareciendo toda esa galería de personajes absurdos, cuyos comportamientos son exagerados por el director, consiguiendo un punto de comicidad que hace que el espectador no deje de sorprenderse y de reírse durante casi dos horas.

Esta película no cuenta con un reparto usual, si no que, como dicen los cursis, estamos ante una comedia coral, en la que cualquiera de los actores tiene un papel protagonista. Entre otros, podemos destacar la participación de Antonio Resines, Luis Ciges, Cassen, José Sazatornil, María Isbert, Chus Lampreave, Enrique San Francisco, Gabino Diego o Paco Hernández.

Como muestra de todo ello, les recomiendo que vean la siguiente escena, es la que el maestro del pueblo examina a sus alumnos en presencia de las fuerzas invasoras.

El último viaje de Amy

Si hay algo que me entristece es comprobar que hay gente que, habiendo tenido la suerte de nacer con un talento especial, lo desperdicia y no sabe administrarlo. A lo largo de la historia ha habido innumerables ejemplos de músicos, artistas o deportistas que lo han tenido todo para ser unos triunfadores y que, tras alcanzar el reconocimiento y el éxito, han acabado sucumbiendo al precio de la fama.

Cuando estudiaba literatura tuve ocasión de conocer tanto a los poetas españoles de la llamada generación del 27 (Guillén, Salinas, Alberti, Lorca o Aleixandre), como a los escritores americanos bautizados comos la generación perdida o the lost generation (Dos Passos, Hemingway o Scott Fitzgerald). Este domingo, y tras leer el brillante artículo que escribió César Casal en La Voz de Galicia, asistimos al nacimiento de la tristemente reconocida como “generación perdida a los 27”, ya que esa es la edad a la que han fallecido extraordinarios músicos de la categoría de Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain o Brian Jones, y a los que ahora se les ha unido Amy Winehouse, aquella blanca que cantaba como una negra.

La mujer que desde muy joven innovó y revolucionó el panorama musical, se empeñó en vivir deprisa y, tras unos años marcados por sus extravagancias y sus excesos, acabó falleciendo sola en la habitación de su apartamento londinense, privándonos a sus seguidores de un montón de canciones que seguro que hubiesen conseguido volver a emocionarnos.

Se le atribuye al actor James Dean, fallecido a los 24 años, la conocida y estúpida frase de “vive rápido, muere joven y dejarás un bonito cadáver”. En el caso de Amy, se cumplen las dos primeras premisas, pero me temo que no la última, ya que viendo las imágenes del estado lamentable en el que se encontraba últimamente, nos podemos imaginar el aspecto que tuvo tras su fallecimiento. Y eso que parece que los primeros exámenes toxicológicos indican que no se encontraron en su cuerpo restos de alcohol ni de ningún tipo de drogas. De todas formas, y no es por hacer un chiste ante tan dramático suceso, cuesta creer que se fue para el otro barrio porque le dio reacción un “actimel”.

Mientras nos tomamos una copa con dos cubitos (pero una, no como Amy que cada noche dejaba el mueble-bar tiritando), despidámosla recordando su música, en concreto escuchando su preciosa canción Back To Black, y pensemos en el sinsentido que supone bajarse en marcha del apasionante viaje que es, para la gran mayoría, la vida.