#Madrid2020: ¿decepción o chapuza?

logo_madrid2020Pasados unos días desde la decepción provocada por el nuevo fracaso de la candidatura de Madrid en su intento por conseguir ser sede de unos Juegos Olímpicos, es el momento de hacer un análisis dejando al margen el deseo, el corazón y los sentimientos. Antes de empezar, quiero dejar bien claro que me considero y presumo de ser español y que, además, soy muy aficionado al deporte, tanto como practicante como de espectador, por lo que nada me gustaría más que poder disfrutar cerca de mi casa de un evento deportivo en el que participan los mejores deportistas del mundo. Para acabar con el capítulo de aclaraciones previas, confieso que mientras duran los JJOO estoy enganchado a la televisión viendo  y viviendo deportes a todas horas.

Pero, por desgracia, la elección de la sede por parte de los dirigentes del COI dependen de muchos condicionantes y, probablemente, nuestros dirigentes no han sabido en ningún momento elegir el momento oportuno para presentarse a unos Juegos, ya que hay una serie de normas no escritas que todo el mundo conoce y que siempre se cumplen.

La primera intentona era la buena, pero el poder de la candidatura de Londres hizo que los Juegos  de 2012 se celebrasen en territorio británico, dejando a Madrid muy tocada para optar a organizarlos en sucesivas ediciones. Sin embargo, y desoyendo todos las opiniones contrarias a que se presentase para la edición de 2016, volvieron a intentarlo amparados en el lema Tengo una corazonada. La primera norma no escrita que mencionaba anteriormente dice que jamás a lo largo de la historia se han celebrado en el mismo continente JJOO de forma consecutiva, por lo que la candidatura de Madrid estaba condenada al fracaso. Lo más bochornoso fue que, una vez consumada la debacle, alguno de nuestro dirigentes llegó a afirmar que nadie del COI les había advertido sobre esa circunstancia.

Una vez asimilada la derrota, parecía que lo más razonable era dejar pasar de largo el sueño olímpico por una temporada. Nada más lejos de la realidad, y así la candidatura madrileña se embarcó en una nueva aventura, para la que los más ingeniosos sugirieron, tras dos fracasos consecutivos y haciendo un simpático juego de palabras, que en esta ocasión el lema fuese Tengo una cabezonada. Bromas aparte, se apostó por un ingenuo a la tercera va la vencida, unido a que había que vender que Madrid contaba ya con un 80% de las instalaciones deportivas prácticamente finalizadas. El argumento, en principio, parecía favorable; pero tras consumarse la tercera decepción consecutiva se planteó la pregunta de que a quién se le había ocurrido la brillante idea de gastarse el dinero en la construcción de un 80% de las instalaciones de un evento que no se sabía si nos lo iban a conceder, con el agravante de que muchos de esos complejos deportivos ahora quedarán infrautilizados o, en alguno de los casos, pendientes de que se concluyan o no las obras.

A la argumentación anterior iba unida la promesa de austeridad, ya que se aseguró que con una inversión de 1.500 millones de euros (como si esto fuese una nadería) estarían a punto todas las infraestructuras para garantizar que los JJOO fuesen un éxito. Pero la tan cacareada y proclamada austeridad en seguida comenzó a hacer agua, al conocerse que la delegación española desplazada a Buenos Aires sumaba más representantes que las de Estambul y Tokio juntas, rivales de la ciudad española. A mayores, se conoció otro dato muy revelador como fue que el número de delegados españoles fue superior al número de deportistas que nos representaron en Londres 2012. Incluso pudimos ver caras guapas ajenas al mundo del deporte, como a la actriz Amaia Salamanca, que acudió invitada por el COE, sin que a día de hoy se conozcan los motivos. Por cierto, existe una fórmula que nunca falla, pero que nunca se utiliza, para acabar con estos rumores: publicar la lista de componentes de la delegación, explicar en calidad de qué acudía cada uno y mostrar las cuentas de gastos del multitudinario desplazamiento.

Y, por si eso fuera poco, la austeridad acabó convirtiendo en motivo de chufla al hacer su aparición en escena Florentino Pérez, quien en su calidad de presidente del Real Madrid se pasó el verano en boca de todo el mundo por su terquedad para conseguir el fichaje de un buen futbolista con escaso bagaje, para lo cual tuvo que desembolsar más de 100 millones de euros. Vamos, que mejor dejamos la austeridad para otro momento…

Pero hablando de dinero, lo que se ha vuelto a comprobar es la capacidad que tenemos en este país de comenzar la casa por el tejado. Así este año deportistas españoles, como gimnastas y piragüistas, tuvieron que desplazarse a competiciones internacionales representado a España afrontando ellos mismos los gastos de viajes, ante la delicada situación económica de sus respectivas federaciones. Ante esta situación, la pregunta está servida: ¿sabemos invertir convenientemente el dinero en el deporte?

Capítulo aparte se merece el comportamiento de los medios de comunicación, que, como siempre y a la española, vendieron que prácticamente la victoria estaba conseguida, instalados en un optimismo sin fundamento difícil de explicar. Por supuesto, cuando se conoció el resultado ninguno había dicho que  Madrid fuese la favorita y todos empezaron a echar balones fuera. Especialmente bochornosa fue la portada de uno de los diarios nacionales de mayor tirada que llegó a publicar en la semana de la votación que Madrid tenía garantizados 50 votos, lo que le daría un espectacular triunfo por mayoría absoluta en la primera ronda.

Especialmente llamativo fue la impunidad con la que varios tertulianos acusaron de corruptos a los miembros del COI sin aportar ningún dato que corroborase dicha acusación. Es más, si se sabía, como aseguraron, que el Comité Olímpico es un nido de corrupción, o bien no sé por qué nos presentamos o bien no sé como se nos escapó la victoria, cuando los temitas de corrupción aquí los llevamos a la perfección.

Y de vergonzosa puede calificarse la actitud de otros “profesionales” que se dedicaron a atacar a Messi porque, supuestamente, había declinado apoyar públicamente a la candidatura española. Lo curioso es que quienes lo hicieron son los que habitualmente se refieren al crack argentino en términos tan despectivos, entre otras lindezas, como el pequeño dictador hormonado. Pero cuando unos días antes el bueno de Messi salió con Alejandro Blanco, presidente del COE, para mostrar su apoyo a la ciudad madrileña en el momento en el que se lo había pedido la propia organización, ninguno de los que le habían atacado salió a pedir disculpas. Lo triste es que en tertulias deportivas nocturnas de dudoso gusto se planteó la elección de Madrid como ciudad olímpica como una extensión de la rivalidad Barça-Madrid, en lo que llegó a convertirse en una antología del disparate.

Lo más curioso es que todos esas televisiones que se pusieron tan estupendas despotricando contra la injusticia del resultado y proclamándose como las guardianas del deporte y del olimpismo, a los dos días miraron para otro lado y ninguna de ellas (ni la televisión pública ni los grupos que se reparten la tarta de las privadas, como Atresmedia y Mediaset) se dignaron a realizar una oferta para televisar en abierto para todos los aficionados españoles la final del Open USA de tenis, en la que Nadal, probablemente el mejor deportista español de la historia, dio una nueva lección derrotando a Djokovic, tras un partido espectacular, y prefirieron mantener su parrillas llenas de caspa y de bazofia.

En el apartado de damnificados se lleva la palma Ana Botella, alcaldesa de Madrid, quien ya pasará a la posteridad gracias a su archifamoso relaxing cup of café con leche. Tampoco ha salido bien parado Alejandro Blanco, ya que su primer discurso fue el típico “nuestra opción era la mejor y no han sabido valorarla”, en una demostración más de que no hay nada más español que mirarnos el ombligo y no reconocer los errores. Pero el premio al tonto del evento se lo llevó el alcalde de Barcelona, el Sr. Trías, quien en un momento de incontinencia verbal a la que nos tienen tan acostumbrados nuestros políticos, se arrancó con un disparatado “Barcelona es la única ciudad que podría haber derrotado a Estambul y a Tokio”, que califica por sí misma al autor de tal disparate.

Por otra parte, es justo destacar el papel que jugó el príncipe Felipe, quien sí que transmitió una buena imagen en una época tan complicada para la Casa Real, por lo que han vuelto a escucharse voces que defienden que ha llegado el momento de que se produzca un relevo en la cabeza de nuestra institución monárquica.

En resumen, se volvió a demostrar que nuestros políticos y dirigentes no han estado a la altura de nuestros deportistas, encabezados por un implicadísimo Pau Gasol, y que lo más aconsejable es que se aparque el sueño de organizar en nuestro país unos Juegos Olímpicos, porque sería indefendible que mientras duren la crisis y los recortes se siga gastando dinero en algo que, visto lo visto, parece muy difícil que se pueda conseguir.

 

Amor y odio entre política y deporte

El pasado domingo en el Camp Nou se vivió un episodio en el que participaron de la mano la política o el fútbol, o mejor dicho, la política se benefició de la repercusión mediática de una competición deportiva para utilizarla como altavoz de su mensaje. En esta ocasión, los políticos catalanes, con el asentimiento de los dirigentes del F.C. Barcelona, encabezados por su presidente Sandro Rosell, utilizaron la trascendencia de un Barça-Real Madrid para pedir la independencia de Cataluña.

También es cierto que este acto fue magnificado por parte de los medios de comunicación, como si fuese la primera vez en la que en un estadio confluían política y deporte, cuando la historia está llena de ejemplos de las veces en las que la política ha utilizado acontecimientos deportivos relevantes para ponerlos al servicio de sus intereses.

La mayor cita del deporte a nivel mundial se produce cada cuatro años con la celebración de los Juegos Olímpicos, muchas de cuyas ediciones también estuvieron salpicadas de decisiones políticas que acabaron influyendo en su desarrollo.

Así los JJ.OO. de Berlín’36 fueron unos juegos polémicos por la presencia de Hitler, aunque le habían sido concedidos a Alemania en el año 1931, más de una año antes de que el führer accediese al poder. Famoso fue el desplante que el gobierno alemán dispensó a Jesse Owens, atleta americano de raza negra que fue la estrella de los Juegos, aunque posteriormente en sus memorias confesó que lo que de verdad le había dolido fue que Roosevelt no le recibió en la Casa Blanca, al estar en vísperas de elecciones y necesitar el voto de los electores de los estados del sur. Destacar también que España, por motivos políticos, boicoteó y no participó en estos Juegos.

Ahora bien, para boicots, el sufrido en los JJ.OO. de Moscú’80. En plena guerra fría, y tras la invasión de Afganistán por parte de ejército de la Unión Soviética, Estados Unidos decidió boicotearlos, a solo seis meses de su inicio, con la amenaza por parte del presidente Carter de revocar el pasaporte a los atletas norteamericanos que participasen. Sesenta y cinco países, como los aliados americanos Alemania Occidental, Canadá y Japón, se sumaron al boicot, así como la República Popular China, enemistada con la URSS. Otros países, entre ellos Gran Bretaña, Australia, Francia o España, apoyaron el boicot, pero aún así estuvieron en los juegos, aunque bajo la bandera olímpica o bajo la bandera de su respectivo comité olímpico.

Cuatro años más tarde, en Los Ángeles’84, catorce países del bloque del éste, liderados por la Unión Soviética, devolvieron el boicot, destacando las ausencias de los atletas de Alemania Oriental y Bulgaria.

Y, por supuesto, el plano doméstico y balompédico también está salpicado de constantes encuentros y desencuentros entre el fútbol y la política. Así el inefable Jesús Gil, implicado en incontables causas judiciales, llegó a declarar ante el juez que “como trabajaba en una única mesa despacho, en la que atendía asuntos del Atlético de Madrid, del Ayuntamiento de Marbella y sus negocios particulares, podría ser que, en alguna ocasión, se hubiesen entremezclado los papeles de unos asuntos con otros”… sencillamente delirante.

Otro hervidero en el que el poder político, económico y financiero se ha servido del fútbol, y viceversa, es el palco del Santiago Bernabéu. Y no hace falta irnos a los tiempos en los que presidía el club el hombre que da nombre al estadio, y en el que se celebraban constantes actos de enaltecimiento y adhesión al régimen de la época. En los últimos años, es sabido que trascendentes decisiones políticas y financieras se han tomado en dicho antepalco entre copas y canapés, ya que tanto políticos de todas las tendencias como los empresarios más poderosos son visitantes asiduos a dicho palco. Así, lo normal es ver a Florentino Pérez rodeado de caras conocidas, como Aznar, Rubalcaba, Bermejo, Rato, Blesa, Del Rivero, Villar Mir…

También es muy curioso comprobar como los políticos de turno se suman como auténticos forofos a cualquier celebración deportiva. Tras las victorias este año del Real Madrid en la liga y del Atlético de Madrid en la Europa League resultó muy chusco ver a Esperanza Aguirre y a Ana Botella dando saltitos y emitiendo grititos embutidas en las camisetas de los dos equipos de la capital… el ridículo no importa si a cambio se consiguen un puñado de votos.

Como destacado desencuentro, hay que recordar el desplante que sufrió el Príncipe de Asturias en la última final de la Copa del Rey de fútbol. Y no me refiero a los silbidos emitidos por numerosos aficionados mientras sonaba el himno español, que apenas duraron 10-15 segundos según relaté en un post publicado en el blog Bajarla al pasto, sino a la ausencia de la Presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, una de las anfitrionas del evento, y a la negativa por parte de Florentino Pérez de ceder el estadio del Real Madrid para la disputa de dicho partido, alegando una inaplazable reforma de sus retretes (esperemos que fuesen los de todas las localidades, no sólo la de los situados en el palco que albergatan insignes traseros como los anteriormente relacionados).

Particularmente, me molesta que los gobernantes se aprovechen de los acontecimientos deportivos para transmitir sus mensajes, sean del signo que sean, y me desagrada que los dirigentes deportivos se bajen los pantaloncitos por la media pierna ante el poder y se presten a servir de altavoces de las intenciones de los mandamases del momento. Pero, por desgracia, ya sabemos que los tentáculos de la política llegan a todas partes y, lo malo, es que generan tensiones innecesarias que, en el caso que nos ocupa, no tienen nada que ver ni con el deporte en general ni con el fútbol en particular.

Porque, seguro que están conmigo, pocos placeres hay en la vida más intensos que sentarse cómodamente, servirse una copa con dos cubitos y disfrutar de un buen partido de fútbol o de cualquier otro acontecimiento deportivo.